Cambio del sistema monetario: por qué la historia no sirve para predecir la velocidad de la próxima transición

Cuando se habla de un posible cambio del sistema monetario, la referencia casi automática es la transición de la libra esterlina al dólar tras la Segunda Guerra Mundial. Ese ejemplo se usa habitualmente para justificar una idea muy extendida: que sustituir una moneda o un sistema de liquidación dominante es un proceso lentísimo, que se mide en generaciones.

Sin embargo, esa lectura histórica tiene más matices de los que parece, y entenderlos es clave para no aplicar parámetros equivocados a la época actual.

Cinco mil años de sistemas financieros en clave de escala y fragilidad

Antes de analizar la velocidad de cualquier transición, conviene repasar cómo han evolucionado los sistemas de liquidación a lo largo de la historia. El patrón es consistente: cada nuevo sistema multiplicó por varios órdenes de magnitud la escala, la velocidad y el alcance del anterior, pero también introdujo una vulnerabilidad nueva.

Del trueque a la banca mercantil

En el mundo antiguo, mover valor significaba mover metales preciosos físicamente, con templos actuando como bancos primitivos en Mesopotamia y Egipto. La limitación era evidente: la velocidad de cualquier operación dependía del transporte físico, barcos y caballos, sin estandarización ni transparencia entre las partes.

Con la banca mercantil italiana entre los siglos XIV y XVII apareció un invento que cambió las reglas: la letra de cambio, un instrumento que permitía mover valor sin desplazar el metal. Fue un salto notable, pero seguía existiendo una fricción física de fondo, y las quiebras eran frecuentes por la ausencia de un banco central que actuara como red de seguridad.

El patrón oro y Bretton Woods

El patrón oro clásico, entre 1870 y 1914, amplió enormemente el sistema gracias al telégrafo y al ferrocarril, con la libra esterlina como eje del comercio mundial. Pero era un sistema rígido: los desequilibrios se corregían mediante flujos de oro que provocaban deflación, y no dejaba margen para políticas monetarias independientes.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Bretton Woods ancló el dólar al oro y el resto de divisas al dólar, dando lugar a un crecimiento explosivo del comercio internacional. Ese sistema arrastraba, sin embargo, una contradicción estructural conocida como el dilema de Triffin: para dotar de liquidez en dólares al mundo, Estados Unidos tenía que emitir más divisa de la que su reserva de oro podía respaldar, erosionando la confianza en la convertibilidad. La ventana del oro se cerró en 1971.

La creencia extendida sobre la lentitud de las transiciones

La idea de que un cambio del sistema monetario requiere décadas se apoya, sobre todo, en el relato tradicional de la transición libra-dólar. Ese relato sostiene que el dólar no desplazó a la libra hasta bien entrada la posguerra, mucho después de que Estados Unidos ya fuera la mayor economía del planeta.

Investigaciones más recientes en economía monetaria, sin embargo, han revisado esta cronología utilizando datos más precisos sobre la composición histórica de las reservas mundiales. Según ese trabajo, el dólar habría superado a la libra como principal divisa de reserva ya a mediados de la década de 1920, es decir, más de dos décadas antes de lo que asumía la narrativa clásica. Partiendo de una posición casi nula en 1914, el ascenso del dólar se produjo en poco más de una década.

Las implicaciones de este hallazgo son relevantes para cualquier análisis sobre el ritmo de un futuro cambio del sistema monetario:

  • Los efectos de red y las ventajas de la incumbencia no son tan determinantes como se pensaba.
  • Puede coexistir más de una divisa de referencia internacional durante un tiempo prolongado.
  • La inercia en el uso de una moneda internacional, aunque real, no es insuperable cuando existe un desarrollo financiero que la contrarresta.

La variable que casi nadie mide: la fricción física del dinero

Si se observa la cronología completa, aparece un factor común que explica por qué las transiciones anteriores fueron lentas: el dinero viajaba a la velocidad del transporte físico. En el mundo antiguo, mover valor implicaba trasladar metal en barco, con semanas o meses de riesgo. Con las letras de cambio italianas mejoró el proceso, pero el papel seguía moviéndose a caballo. Incluso en el apogeo de la libra esterlina, una liquidación internacional dependía del telégrafo para transmitir la orden y de barcos para respaldar la operación.

Esa fricción física no era una ley inmutable de la economía, sino una limitación tecnológica de la época. Y esa limitación, hoy, prácticamente ha desaparecido. Una orden de pago puede transmitirse en segundos y una liquidación sobre un registro digital puede completarse casi de forma instantánea. Quien argumenta que un cambio del sistema monetario tardará generaciones porque así ocurrió en el pasado, está aplicando una constante —la fricción física— que técnicamente ya no existe.

Tres procesos distintos que conviene no confundir

Para analizar este tema con rigor, es importante separar tres fenómenos que suelen mezclarse en el debate público:

1. Sustituir al dólar como divisa de reserva

Este proceso sigue siendo costoso y lejano en el horizonte actual. El papel del dólar descansa sobre redes de confianza consolidadas, la profundidad de sus mercados de deuda y una posición geopolítica y militar que no se sustituye únicamente con tecnología.

2. Sustituir los rieles de liquidación

Este es un proceso distinto, y potencialmente mucho más cercano: modificar la infraestructura técnica sobre la que circula el dólar (corresponsalía bancaria, sistemas de liquidación de los años setenta) por rieles basados en tecnología de registro distribuido. El dólar podría seguir siendo la referencia dominante y, al mismo tiempo, transitar hacia una infraestructura tokenizada.

3. Sustituir al operador central del sistema

En el núcleo del sistema de liquidación de valores estadounidense opera, en la práctica, un número muy reducido de entidades centrales que procesan volúmenes anuales de billones de dólares. Esa concentración, que a primera vista parece una debilidad, es en realidad lo que hace operativamente viable un cambio del sistema monetario a nivel de infraestructura: no es necesario coordinar a millones de actores, sino modernizar un número limitado de puntos de decisión.

Por qué la transparencia importa más de lo que parece

Buena parte de la literatura económica posterior a la crisis de 2008 coincide en que el detonante real no fue la falta de dinero en términos absolutos, sino la opacidad: nadie sabía con certeza qué entidades tenían en su balance activos de riesgo, y esa incertidumbre paralizó el crédito interbancario

La transparencia no elimina por sí sola las crisis de liquidez, y una transparencia mal diseñada podría incluso acelerar una corrida si todos los participantes detectan el problema al mismo tiempo. Lo que sí aporta un registro auditable en tiempo real es evitar que la incertidumbre amplifique un problema puntual hasta convertirlo en un riesgo sistémico. Esa es, precisamente, la promesa estructural de los libros de contabilidad distribuida aplicados a la liquidación financiera.

¿Qué papel podría jugar XRP en este escenario?

Dentro de este contexto, activos como XRP suelen mencionarse por su diseño orientado a la liquidación puente entre distintos sistemas, con transacciones casi instantáneas sobre un libro público. Es importante ser prudente aquí: que la arquitectura de un activo sea compatible con determinadas funciones de liquidación no garantiza que vaya a ser adoptado con ese fin, ni determina plazos concretos. El mercado de activos digitales conectados a estándares como ISO 20022 sigue siendo un terreno en desarrollo, con múltiples candidatos y sin que exista, por ahora, ningún hecho consumado sobre qué tecnología terminará prevaleciendo en cada caso de uso.

Conclusión: qué cambia realmente y qué no

El coste técnico de modificar un sistema de liquidación es hoy sensiblemente más bajo que en cualquier otro momento de la historia financiera, porque la fricción física que ralentizó todas las transiciones anteriores ha dejado de ser una barrera relevante. Eso no significa que un cambio del sistema monetario completo sea inminente ni sencillo: sustituir al dólar como divisa de reserva mundial sigue siendo un proceso distinto, mucho más costoso desde el punto de vista geopolítico, que modernizar los rieles técnicos sobre los que circula.

Lo que la evidencia histórica sí sugiere es que, cuando la tecnología elimina las barreras que antes explicaban la lentitud, los cambios pueden producirse con una rapidez que sorprende a quienes siguen razonando con los tiempos del barco y el telégrafo. Entender esta distinción —entre sustituir una divisa y sustituir su infraestructura— es más útil para interpretar el presente que repetir un relato histórico que, además, no se ajusta del todo a los datos disponibles.


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